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viernes, 6 de noviembre de 2015

Relato, en primera persona, del náufrago Guillermo Altadill

Alex Thomson es rescatado, mientras Altadill aguarda su turno montado en el Hugo Boss.

Guillermo Altadill narra a través de facebook los difíciles momentos vividos en el Hugo Boss después de volcar en aguas del Atlántico. Reconoce que vio muy de cerca la muerte, pero su incorformidad le llevó a luchar por seguir viviendo. Una vez conseguido, relata como ha sido el retorno al mundo de los vivos y como una cosa tan mundana como el olor a castañas en otoño, le ha recordado que la vida está hecha de cosas pequeñas y en definitiva de gente buena. Como podréis ver en este relato escrito por él, en primera persona, Guillermo es tan grande fuera como en el mar. Como tiene final feliz, espero que disfrutéis lo que cuenta, como lo he hecho yo.

PD. Un detalle. Dicen que el capitán es el último en abandonar el barco.


Historia de un náufrago que comía castañas asadas 

Camino por las calles de la Coruña, apenas hace 8 horas mis pulmones estaban a punto de reventar intentando salir del barco volcado y con una telaraña de cabos que me atrapaban para siempre en ese casco negro que pretendía ser mi tumba. Mi instinto me decía que unos pocos metros más y llegaría a la popa del barco, allí podría respirar y devolverle el aire que les debía.

Por unos instantes pensé que había perdido la batalla, que no lo conseguiría, no se cuánto tiempo pasó, pero de repente fue como una especia de inyección de rabia, de inconformidad, de mala ostia, ¡que cojones! ¡No tengo ninguna prisa por morirme, el cielo (o el infierno) puede esperar! Empecé a mover los pies más rápido, empujando todo lo que encontraba a mi paso, utilizando los cabos para ayudarme. Mis ojos buscaban una escapatoria, de repente vi el reflejo del timón pintado amarillo fluorescente, tendría que haber estado apuntando al cielo pero por fortuna algo se había roto y estaba allí para señalarme la salida,llegue hasta él y respire la bocanada de aire más grande de mi vida.

Ahora, apenas había pasado unas horas, y ya estaba en tierra. Todo fue muy rápido, vuelco, evaluación de daños, activar sistemas de alarma, traje de supervivencia, esperar con la incertidumbre de si habrán recibido la señal de las radio balizas y al final el helicóptero de Salvamento Marítimo y volver al mundo de los vivos.

Estaba andando, buscando un sitio donde comprarme ropa seca, algo para ponerme. Solo llevaba encima lo que me habían prestado, unos zapatos que no me cabían y un térmico aún mojado. El resto de mis pertenencias estaba en el barco, flotando en medio del mar a 100 millas de tierra.

De repente, me invadió un aroma a castaña asada, entró por el olfato, pero rápidamente me transportó con los otros sentidos al pasado a través de las voces, el tacto, el gusto...

Es noviembre. Estamos en Galicia. Y estoy andando por La Coruña. Entonces mi di cuenta realmente de lo que había pasado, hasta ese momento aún estaba en una especie de nube, de confusión, de enlazar las secuencias que se habían quedado por piezas como un puzzle incompleto dentro de mi cerebro.

El olor me transporto a mi infancia, recuerdos de mi abuela llevándome de la mano por las calles del ensanche de Barcelona, ese olor a castaña, a fuego, a mes de noviembre, a Todos los Santos, a panellets.

Seguí andando unos metros, me di media vuelta y le pedí un cucurucho de castañas a la señora. Cuando le fui a pagar, me puse la mano en el bolsillo y me di cuenta que no llevaba nada, sin cartera, ni un duro. Le dije a la buena señora que me perdonara, pero que me había dejado la cartera en el hotel y que no las podía comprar. Ella -la castañera-, seguía con la mano tendida, cójalas señor, es un regalo. Las cogí, le dí las gracias a la buena señora. Estuve a punto de contarle la razón porque no llevaba la cartera, pero pensé que era mejor dejarlo así, seguí andando, comiéndome las castañas que me había regalado esa mujer y pensando que morir debe ser simplemente dejar de oler a castañas asadas.

Guillermo Altadill 
5 noviembre 2015

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